11 – 13.09.2026
Inauguración 12 septiembre a las 19:30h
Artistas: HeeSue Kwon (co) y Alan Kwan (chi)
Performance cine expandido | Instalación de videojuego cinematográfico
En esta sala hay dos maneras de dejar de ser espectador. Una es óptica: la máquina se abre y te mira mientras miras. La otra es corporal: un cuerpo ajeno te presta sus pasos, su miedo, su olfato.
En LUF Scope, la proyección se mira a sí misma. Un dispositivo regula la velocidad del obturador y deja ver lo que normalmente permanece oculto dentro de la máquina: la rueda de colores que gira en el interior del proyector, ahora expuesta sobre la pantalla como un espectro que respira. Una cámara en directo captura ese campo de color y lo devuelve a la sala, cerrando un circuito entre la pantalla, el objetivo y los ojos que miran. El público no solo ve: es visto viéndose, y en ese cruce el cuerpo deja de ser espectador para volverse parte del aparato óptico, engranaje de su propia percepción. No hay grabación previa, no hay memoria: todo ocurre en el instante en que ocurre. LUF Scope no representa el tiempo presente, lo produce —una y otra vez, mientras el mecanismo gira y el bucle se sostiene. Kwon no inventa una imagen nueva: reordena lo que ya estaba ahí, latente en el interior del proyector, y lo devuelve convertido en experiencia. El punto de vista, aquí, no está fijo en un lugar —se expande hacia la máquina, hacia la pantalla, hacia el cuerpo que mira y es mirado.
En Scent, durante unos minutos, el espectador sale de sí y encarna a un perro que camina entre los escombros de una ciudad sin nombre, sin bandera, sin fecha —una guerra que podría ser cualquier guerra— y recoge, una a una, las almas de los muertos. No hay explicación, no hay contexto histórico: solo el olfato de un animal guiando el cuerpo a través del miedo, la oscuridad y, de vez en cuando, un destello breve de esperanza. En este videojuego “jugar” es una palabra que queda corta y grande a la vez: el elemento lúdico se diluye y las decisiones se transforman en una ilusión. Puedes esconderte, acercarte, avanzar o quedarte quieto. Negarte a elegir también es una opción, pero la experiencia, entonces, podría terminar. Un visitante toma el control del perro y el resto del público observa. La partida deja de ser un juego privado y se vuelve una experiencia compartida, casi cinematográfica: quien juega y quien mira construyen juntos la película.
Una máquina que se observa girando. Un cuerpo prestado que camina por el horror. En ambos casos, algo se disuelve: la distancia entre quien mira y lo mirado, entre quien decide y lo decidido. La sala entera se convierte en un espejo —a veces óptico, a veces moral— donde el público ya no puede quedarse completamente afuera.
Texto: Natalia Colina

