Coreografías del extrarradio

Cierre de la exposición

Dos artistas. Dos periferias. Dos dispositivos que no se pliegan. Uno cartografía las grietas de un barrio que se cae (o se levanta) en manos de lo que llaman regeneración urbana. El otro hace un corte preciso, casi quirúrgico, en la autopista del progreso. Sergio Cabrera Aparicio y Dídac Humà trabajan desde los márgenes, no solo geográficos, sino estéticos y discursivos, para señalar las tensiones invisibles que configuran la ciudad contemporánea.

Mutaciones Urbanas observa, registra y perturba el relato impuesto sobre Vallecas, ese territorio históricamente obrero que ahora sufre el delirio de la especulación. Lo que antes era un “barrio”, hoy es “oportunidad de inversión”, y lo que fue identidad colectiva, ahora es pasto para el render inmobiliario. Sergio Cabrera, con mirada crítica pero no melancólica, propone una relectura visual de ese paisaje mutante: un intento de dibujar una geografía alternativa desde los escombros, las medianeras, las pintadas que aún resisten. Su instalación —en clave multicanal— no ilustra el extrarradio, lo expande. Le da cuerpo, eco y presencia más allá del cliché suburbial.

Dídac Humà, por su parte, hace cine expandido con la precisión de un urbanista anarquista. M30 es una pieza literal y simbólica: una vía de circunvalación convertida en forma fílmica, en secuencia física de 30 metros de celuloide de 16mm. Lo que circula en ella ya no son coches sino símbolos, capas, residuos del flujo metropolitano. Mueve la “M” (de Madrid, de Movimiento, de Margen) para desplazar la atención del centro al anillo, del poder al borde. Como si el film pudiera hacer derrapar el discurso oficial, desviar el tráfico del relato hegemónico. El gesto, mínimo en apariencia, resulta profundamente subversivo: reapropiarse del soporte fílmico, ralentizar el tiempo, sabotear la linealidad.

La elección de La Nave Imaginable como sede no es una mera coincidencia espacial, sino una declaración. Situada en Carabanchel, justo fuera de la M30, en esa nueva frontera deseada por promotores y expulsados, el espacio encarna lo que su propio nombre sugiere: la posibilidad de proyectar, desde el extrarradio, nuevas formas de imaginar el centro. La Nave Imaginable no se impone, se infiltra. Y acoge estas piezas como cápsulas críticas que resisten la homogeneización de la ciudad.

Ambas obras son herramientas —poéticas y políticas— para leer la ciudad desde sus cicatrices. Frente al festival de luces LED del centro, estos artistas proponen otros modos de narrar el cemento: desde el grano, desde el polvo, desde el derrape. No buscan redención ni nostalgia. Lo que ofrecen es una suerte de arqueología urgente del presente, una lectura crítica de cómo el capital asfalta las memorias colectivas mientras vende “calidad de vida” a 8.000 euros el metro cuadrado.

Y si la periferia no cabe en el plano, siempre queda el montaje.

Texto: Mario Gutiérrez Cru