Imitación a la vida – CC España Santiago de Chile           

Comisario: Mario Gutiérrez Cru
C. C. España de Santiago de Chile
24 noviembre al 31 diciembre 2026

La muestra cuyo título es robado de la pieza expuesta de Juan Carlos Bracho “Imitación a la vida”, nos habla de la mentira, de la copia, de la humanización, del intento de registrar, documentar o quizás hasta sentir y hacer sentir a la propia naturaleza.

La exposición comienza con la vida real. Frente a nosotros, casi como si fuera el inicio de una trilogía, se nos presenta un árbol giratorio, como si la propia naturaleza quisiera escaparse de sí misma y de su asentamiento. Abelardo Gil-Fournier en La vibración de los juncos, nos crea en tiempo real una película que tenemos que construir nosotros mismos. La pantalla, translúcida, frágil y suspendida, como si fuera un escenario casi fotográfico donde congelar un instante, nos encierra una película que no existe fuera de este pequeño lienzo. Se construye con el roce de las hojas, con el arañar del papel, con la sombra que genera un foco trasero, que hace en cierto modo del mito de la caverna. Donde el espectador, incapaz de entender lo real, contempla maravillado la belleza de lo que rebota, de lo que se deja ver. Un texto nos intenta transcribir la escena, nos intenta contextualizar lo que vemos, para que con los subtítulos seamos capaces de componer un todo.

Después, la muestra nos conduce hacia Juan Carlos Bracho. Allí está la mentira, grandiosa, elegante, poética. Allí el vídeo nos presenta un parque majestuoso, casi a escala real. Nos invita a entrar, nos invita a sentirnos parte, pero la realidad nos golpea: lo que podríamos jurar que era real se nos hace extraño, se corrompe, se muestra herido, se nos hace translúcido y nos permite, de un modo casi mágico, atravesarlo. ¿Pero atravesar qué? La construcción simbólica de un jardín barroco de un palacio de Aranjuez. ¿O nos habla realmente de atravesar la realidad, como ya hizo Alicia? Al otro lado, otro parque, otro jardín clásico y simbólico de una era ya desfasada, excesiva. Un personaje nos hace de Caronte, de Cicerón. Pero ¿por qué este pequeño ser vestido con ropas casi futuristas, silente aunque ruidoso, no nos habla? Sólo nos permite acceder a las puertas de lo desconocido, como si el mismo mundo llegara desde otra frecuencia: igual, pero desplazado; reconocible, pero diferente.

Frente a esta pieza, donde la escala, la grandeza visual y corporal se nos hace casi infranqueable, se nos presenta Concierto para el Bioceno de Eugenio Ampudia. En escala menor, se nos muestra otro espacio encerrado, dedicado a la misma clase social: los pudientes, los aristócratas, los cultos, los que construyen con su poder nuestro mundo y a los que tenemos que rendir pleitesía. Mas hay un cambio: no son ellos los que ocupan las butacas doradas, los palcos; no son esta vez las señoras con pieles las que reposan sus cuerpos en el terciopelo, en el lujo; ni son ellos los que son deleitados con música culta y para cultos. La escena se hace simbólica, se convierte casi en ensoñación: más de dos mil plantas son las que reciben la música celestial, y la orquesta interpreta para una supuesta naturaleza sus cánticos. Tan mentira es la teatralización como el intento de imitar ésta y la naturaleza.

Ante tanta construcción, quizás nuestro único escape posible sea escaparnos, desaparecer, diluirnos. Lois Patiño, con Metallic Shadow In The Dream – Steam, nos vuelve a mostrar un intento de domesticar la naturaleza, el mar, la bravura de lo salvaje, de lo puro. Pero en este escape nos topamos una vez más con la alteración humana, con la percepción de un oleaje, sólo que esta vez es la noche, el fin del día, el que nos permite adentrarnos en lo desconocido. En la noche no hay color; en la noche no hay más que estrellas y mar. En la noche, nuestra imagen se hace borrosa, se difracta, se pierde, nos hace escapar hacia pasajes y paisajes donde lo real y lo imaginario se nos hacen uno, donde el hombre y sus mentiras nos permiten ver el paisaje y, a la vez, lo que hacemos con él.

En el siguiente espacio, casi como un descanso ante tanta mentira, ante tanto dolor, unas tumbonas nos ofrecen una paz aparente. La propuesta de Enar de Dios Rodríguez, Liquid ground, menos poética y más contextual, nos habla de la contaminación de aguas, ríos y océanos. La falsa playa artificial nos permite comprender, quizás aunque sea un poquito más, ese error que es el ser humano y lo que produce.

La exposición acaba con El capítulo del mar (NaCl+H2O) de Bárbara Fluxá. Junto a esta pieza se nos invita a subir, pero poco: un par de escalones no más, que nos permiten ver el mundo desde arriba, desde otro lugar, como si siguiéramos aún la invitación de John Keating en El club de los poetas muertos: mirar las cosas de otra manera*. La visión cenital es estética, es acuática, es necesaria: agua, la que precisa la naturaleza para existir, la que hace que el mundo siga y que todos estemos aquí. Lo que el espectador no sabe es que la obra nos habla de contaminación, de extractivismo, de cómo el hombre altera, modifica y destruye la naturaleza. Y la belleza es presentada casi a modo de sistema de seguridad: cuatro cámaras observan, analizan lo que el hombre hace contra sí mismo y, quizás y sobre todo, contra los otros.

En su conjunto, Imitación a la vida no habla de la naturaleza, sino de nuestra necesidad de construirla, copiarla, traducirla, domesticarla y, a veces, destruirla mientras fingimos contemplarla. La exposición nos recuerda que toda imagen es también una forma de sospecha: una superficie bella, sí, pero nunca inocente.

                   “Justo cuando crees que sabes algo, tienes que mirarlo de otra manera”                                                                   John Keating, El club de los poetas muertos