13.09.2026 de 12:30h a 18:30h
Artistas: Stein Henningsen (nor), Rui Soares Costa (por) & André Gonçalves (por), Ilaria Di Carlo (ita), Ángel Biyanueba (esp) y Chus García-Fraile (esp)
“Cuando llegue a la ciudad, / ningún muelle lo abrigará”, escribía Mário Cesariny en O navio de espelhos. Quizá este programa empieza ahí: en un barco imposible, cubierto de reflejos, suspendido sobre el agua, esperando una marea que sube lentamente. No hay catástrofe todavía. Eso es lo inquietante. La catástrofe contemporánea casi nunca entra dando un portazo; suele llegar como una espera, como una imagen bella, como una repetición que preferimos no entender del todo.
Las obras reunidas habitan ese intervalo entre la señal y el desastre, entre la belleza y su reverso, entre mirar y ser mirados. En la pieza de Stein Henningsen, un hombre vestido con traje golpea furiosamente el hielo sobre un témpano a la deriva. En O navio de espelhos, de Rui Soares Costa & André Gonçalves, un barco suspendido sobre el Tajo espera la subida del agua. En POLYPHEM, de Ilaria Di Carlo, un paisaje industrial de residuos de bauxita se convierte en una nueva Odisea del Antropoceno. En Ley Orgánica 4/1997, de Ángel Biyanueba, el cielo aparece encerrado en cápsulas de videovigilancia. Y en Artificios, de Chus García-Fraile, los fuegos artificiales oscilan entre celebración nocturna y memoria visual del bombardeo.
El mar ya no es solo mar. El cielo ya no es solo cielo. El fuego ya no es solo fiesta. El paisaje ya no es solo paisaje. Cada imagen queda atravesada por una sospecha: ¿vemos una advertencia o un espectáculo?, ¿un reflejo o una amenaza?, ¿una celebración o una forma domesticada de violencia? La crisis no aparece aquí como un futuro lejano, sino como una condición ya instalada en nuestra manera de mirar.
Hay algo casi cómico, si no fuera bastante grave, en ese hombre que golpea el hielo que lo sostiene: un pequeño Sísifo climático con traje, empeñado en negociar con la física a martillazos. Algo parecido ocurre con el barco de espejos sobre el Tajo: vemos subir el agua, intuimos la amenaza, pero seguimos contemplando la escena con una calma sospechosa, quizá porque el reflejo es demasiado bello. También POLYPHEM, nos coloca en esa incomodidad: la devastación industrial se vuelve sublime, casi hipnótica, y la belleza deja de absolvernos.
En paralelo, la mirada deja de ser libre para convertirse en dispositivo de control. En Ley Orgánica 4/1997, incluso el cielo puede ser delimitado, observado y archivado. En Artificios, la explosión festiva conserva su genealogía bélica: belleza y violencia comparten luz, ruido y coreografía.
Estas obras no explican el desastre; lo hacen aparecer en sus formas más ambiguas: una deriva, una espera, un residuo, un encuadre, una luz en la noche. Tal vez el problema no sea que no veamos lo que ocurre, sino que lo vemos demasiado bien, con demasiada belleza, con demasiada costumbre. Hasta el fin del mundo, sí. Pero sin muelle, sin coartada y, por favor, sin fuegos artificiales de cierre.
Texto: Mario Gutiérrez Cru

