Artistas: Ben Vine (ing/esp), Delfina Lamas (arg), Ira Eduardovna (urb) y Mía de Diego (esp)
Todo aquel que interroga lo que le rodea no puede sino cuestionar su propia mirada. El retrato, esto es, el objetivar aquello que se mira no ha conocido otro reverso que el del autorretrato, es decir, la introspección a la que se ve sometido cualquiera que pregunta. De alguna manera, las obras reunidas en la edición de 2023 de PROYECTOR Festival de Imagen en Movimiento para la sede Secuencia de Inútiles orbitan en torno a la ficción, que no conoce otra cosa que no sea la autoficción; la representación, que siempre se autorretrata, y el yo, que ni siquiera cuando calla se desprende de su voz.
Una imagen rasgada, condenada a un anacronismo de colores pálidos y texturas rugosas muestra el que podría ser cualquier lugar: una calle en tránsito, una plaza interrumpida o una vía ocupada es el escenario que acoge la multitud de miradas y cuerpos que se topan con la cámara, ignorando su porvenir, interrumpiendo su trazado. Y, en el centro de la imagen, atrayendo su atención, una banda de músicos, impávida, resiliente. La videoinstalación de Ben Vine se concibe, al mismo tiempo, como un ejercicio de situación y como una proyección mimética. Velada (2005) supone un ensayo de exploración de la misma condición que lo vio nacer: la grabación, en una toma, con una super 8, de unos músicos en el mercadillo donde el artista consiguió la máquina fotográfica. Pero también se sustenta sobre la propia preocupación del que observa: la reflexión sobre los medios de exhibición y los lugares en los que se legitima la expresión artística. Aquellos músicos, al igual que la cinta que los filma, transitan entre el límite de lo aceptado y anulado, de lo reconocido y olvidado.
En la pieza de Delfina Lamas la textura granulada se ve sustituida por la tesela del píxel. En esta ocasión, es la cámara de Google Maps la que se desplaza por las calles de París. Con una voz muda, la artista recorre en primera persona los rincones, locales, esquinas y avenidas, así como los recuerdos que avivan cada una de sus instantáneas. Pero Un frente frío (2022) también sugiere aquellas otras imágenes perdidas en el tiempo efímero de lo digital. A medida que el recorrido se nutre de detalles y el espectador es capaz de recomponer el retrato en forma de paseo, se da rienda al recuerdo ensombrecido que explica el regreso a aquel lugar, pero también el que motivó su huida.
Por su parte, Mía de Diego reconstruye un retrato doble: el de Julio César y sus significados a lo largo de las décadas, y el de su padre, a quien observa y en quien se mira. A través de imágenes de archivo, documentales e históricas, Venividivinci (2020) hila una suerte de esbozo en torno a las equivalencias padre-autoridad, lenguaje-ley simbólica, víctima-verdugo. Bien sea a través de dos bestias al luchar, bien de dos niños que juegan, el retrato del padre se asoma desde una lejanía que sólo el consuelo de la expresión artística puede aliviar.
Por último, en la videoinstalación The iron road (2021), Ira Eduardovna rememora, en una reconstrucción de sus propios recuerdos a través de una doble pantalla, el viaje que trazó con su familia cuando migraron de Uzbekistán en los años 90. La artista recorre de nuevo el paisaje cambiante y trasfigurado que vio por última vez al huir de la antigua Unión Soviética. Algunos elementos se mantienen idénticos: maderas, apliques y ventanas en unos camarotes imperecederos que se deslizan por similares vías que atraviesan los mismos paisajes. Y, sin embargo, la posibilidad de encarnar el recuerdo mismo resulta irrealizable, pues, como todo fragmento de memoria, se torna resbaladizo, irrecuperable y, en último término, inconsistente con su propia verdad.
Texto: Luis Cemillán Casis

