10.09.2020. 19:30h. Cruce

10.09.2020. 19:30h. Cruce

 

ARTISTAS 2020
¡A Dios pongo por testigo…!

Artistas: Shir Handelsman (isr), Glenda León (cub)

Muero porque no muero
Santa Teresa de Jesús

La muestra que aquí se presenta parte de una exquisita selección de dos obras de los artistas Shir Handelsman (isr) y Glenda León (cub), cuya narrativa se centra en un cuestionamiento de los valores teológicos activos en la actualidad. Un argumento que conduce a plantearse si este es un momento en que la agonía devenida de la creencia o la no creencia en Dios (o en más de uno) es mayor que nunca; o, por el contrario, si hubo épocas en que sembró con más fuerza. En cualquier caso, la agonía mencionada se halla en el acto de buscar una verdad a las cuestiones más esenciales de la vida, empezando por qué sentido tiene la propia vida y cuál es el papel de la religión en todo ello; en cómo llegar a la comunicación y al encuentro con Dios; o, en qué razón hay en la institución que lo envuelve, y si la escogida es la correcta (iglesia, mezquita, mandir…). Esta asociación de preguntas ha constituido un modo de vivir a lo largo de los siglos; también de morir y de luchar; de luchar por la vida y vivir de la lucha, de la fe, que, en definitiva, es dudar. <>, decía el bueno de Unamuno en su libro La agonía del cristianismo. Debido a la fe, el ser humano siempre se hizo la gran pregunta, pero pocas veces ha buscado la respuesta. Y es, quizá, porque duda, y teme hacerlo. La ausencia de una respuesta a todas aquellas preguntas es la consecuencia de la agonía. Incluso, los textos sagrados, los cuales (se suponen) contienen los caminos hacia las respuestas, están henchidos de paradojas. Y en ocasiones, hay respuestas que son agonía pura y explícita, como ocurre con el Dios cristiano, que dijo algo así <> (Mat., X, 34-37). ¿Acaso quería hablar de la paz en su reino? Sea cual fuere su pretensión, de nuevo deviene en agonía. Aunque, empiezo a pensar que es algo que atrae, pues agonía significa luchar por la vida, y el culto cristiano es el culto al cristo agonizante, aquel que lucha por su vida en la cruz y grita <>. No me sorprende que exista la duda, en este o en cualquier otro momento. Creer en lo que no vimos se enseña en el catecismo que es la fe, y eso solo lo saben los que son o fueron creyentes.

Con estas dos obras se le presenta al espectador una cuestión que quizá ponga en tela de juicio su idea de creencia o de verdad, incluso de su propia fe. Y a pesar de que aquí se menciona reiteradamente al cristiano, da exactamente lo mismo a qué Dios se tiene devoción o a que tipología de religión se sigue o se pertenece:

La pieza de Shir Handelsman, titulada como Recitative, muestra de primera imagen un paisaje insólito, vacío y nublado. Un fondo gris y silencioso, que infunde tranquilidad y ansiedad al mismo tiempo. Paulatinamente, el silencio y el vacío se ven interrumpidos, primero por un sonido chirriante a la vez que melódico, y después por una figura que se eleva lentamente hasta ocupar la visión por un tercio de su cuerpo. De esta figura, llama la atención el rostro, y en concreto, la expresión que esboza, pensativa, con los ojos entreabiertos y mirando hacia un infinito a la espalda del espectador. De pronto, arranca con una voz grave, alta y profunda, y construye una serie de frases: <>; se ha descubierto, es un cantante de ópera que lanza una jaculatoria al aire. Aunque, y para mayor asombro, no es tanto su voz lo que sobresale, sino más bien el eco que produce, pues es aún más grave, alto y profundo. Quiere decir que allá donde esté, no hay nadie más a su lado; el cantante está solo. Al instante, la cámara torna la vista, se posa a su espalda y muestra el otro lado del infinito, aquel que al principio le estuvo vetado al espectador. Además, ahora el torso del cantante se convierte en una figura de dos tercios, y vemos que se encuentra en una plataforma elevadora, por encima del suelo. Seguidamente, aparecen más elevadoras que brotan desde abajo, pero éstas están vacías. El cantante sigue solo. La cámara continúa con su juego, moviéndose y descubriendo distintas perspectivas. Luego los dos tercios pasan a ser un cuerpo entero y, de repente, el cuerpo se enfrenta ante nuevas elevadoras que suben más allá de donde él se encuentra. Y vuelven a bajar. Parece una danza pre-meditada. Mientras tanto, el cantante reanuda la entonación: <>, y las máquinas continúan danzando de arriba abajo y de abajo arriba. Incluso, el sonido que era chirriante ahora se presenta como un acompañamiento a la letra; es la orquesta. La pieza finaliza con una escena que describe la ascensión de Cristo, expresando el deseo de llegar a ser uno solo con Dios, y lo hace mediante una imagen apoteósica que parece emular el Gólgota o Calvario.

Glenda León nos transporta a un escenario opuesto, pero que otorga la misma sensación: el interior de una iglesia que seduce tanto a la vista como al oído. Quizá la congoja es aún mayor en esta pieza, pues la escenografía atrapa incluso al más hábil de los escapistas. Se trata de una imagen barroca, imponente, monumental y, sobre todo, recargada. Repleta de iconos; iconografías e iconologías. No obstante, el icono que a Glenda León le interesa mostrar no es el tallado en madera o en piedra o el pintado en tabla o en pared, sino más bien aquel que reza entre los bancos de la nave central bajo un aurea de suma sacralidad. Son varias las figuras; algunas están sentadas y otras de rodillas, pero tienen en común que agachan la cabeza, y parece que buscan el encuentro con Dios. De repente, vemos que una luz irradia en sus rostros, y podría significar la iluminación del éxtasis envolviendo sus cuerpos. Sin embargo, no tardamos en descubrir que el acto es falso, y no hay acción divina, sino tecnológica. Estas figuras no se comunican con el Dios cristiano, sino entre ellas mismas o con sus iguales a través de un teléfono móvil. De una manera muy poética, la artista nos conduce a cuestionarnos si tras la irrupción del fenómeno globalizador se ha reemplazado el encuentro con Dios, la búsqueda de la verdad o la lectura de los textos sagrados, por la pantalla de un móvil y la respuesta generada por un mundo interconectado y de “verdades” instantáneas. También es muy probable que hayamos perdido el interés por la respuesta a una pregunta (o varias) que el ser humano se lleva formulando desde hace siglos, y que nunca ha hallado la solución por la (aparente) dificultad de su naturaleza.

Texto: Pedro José Trujillo

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