FRANCESC TORRES Old Flames

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Old Flames (Viejas llamas o llamaradas)
4:46
Videoinstalación (HD + 98 mecheros)

2015-18

En la costa gallega existe un oficio viejo. Los que lo practican se llaman crebeiros, de creba, el nombre que se da a todo aquello que el mar deposita a su aire en tierra firme: pedazos de madera, boyas, carga perdida durante una tormenta o un naufragio, a veces el propio barco bateado por las olas, etc. Parte de lo que suele aparecer puede no valer nada, pero llegan también cosas que sí son valiosas como, por ejemplo, la famosa y carísima madera de Islandia que no es islandesa sino rusa, traída y curada por el mar. No es de extrañar entonces que haya gente que se dedique a peinar sistemáticamente las playas después de las tormenta buscando los misteriosos objetos que el mar regala. Por ley marina todo aquello que el mar trae o flota a la deriva no tiene dueño, quien lo encuentra lo hace suyo. Con los años esto ha producido mas de una confrontación que ha acabado en desgracia. Paso tiempo en Costa da Morte cada año, y hace algunos empecé a recoger mecheros de usar y tirar, tipo Bic, porque los encuentro bellos y elocuentes como fósiles del Terciario mostrando los efectos del tiempo en el mar desde que los lanzaran por la borda quizá en otras aguas muy lejos de Fisterra, flotando ­–nunca se hunden– hasta pillar una corriente o una ola los escupe, finalmente, a tierra. Tengo montones de mecheros ahogados, ¡qué paradoja!, una pequeña máquina productora de fuego que ha existido en agua desde mucho antes de que yo conociera a mi última amante. Me imagino que eso me hace “crebeiro” de alguna forma. El verano pasado salí una mañana con la cámara de vídeo y encontré tres de ellos en una pequeña playa particularmente pródiga en acumular cultura material desechada. ¿Por qué los encuentro bellos? Porque esta es una belleza trabajada por la naturaleza y el tiempo sobre restos de la cultura industrial que nos define, y es también una belleza auto-referencial cerrada en sí misma y coherente como un texto bien escrito.

Estos tres mecheros desahuciados son los únicos que he documentado en el momento de encontrarlos.

Obviamente el título, Old Flames en inglés. no es neutro. Es una antigua expresión anglosajona que se refiere a los ex amantes, no ex esposos, que uno ha tenido. No me parece necesario, en este caso, elaborar sobre las potenciales ramificaciones metafóricas que se encuentran en el punto de conjunción de las palabras y los objetos. Si lo hiciera no podría evitar verme a mí mismo reflejado en la hoja fría de la navaja del tiempo, esa que penetra lenta, tan lenta que cuando te das cuenta ya estás muerto.

In the coast of Galicia, in Northwestern Spain, there is an old trade called “crebeiro” from “creba”, the name given to anything brought to shore by the sea: wood, buoys, cargo lost during a storm or because of a shipwreck, sometimes the shipwreck itself, etc. Some of the stuff may be, or appear to be, worthless, but some of it can be valuable and there are people who work at systematically combing the coastline after storms, looking for whatever the sea has brought in. By the law of the sea all this debris has no owner, whoever gets there first, claims the price. Over the years this has produced more than one ugly confrontation. I spend time in that part of Spain every year, and I started picking up expendable lighters because I find them beautiful, showing the effects of time after being thrown overboard in the ocean, before catching a current or being beached in a storm. I have dozens of them. I guess that this makes me a “crebeiro” of sorts. This past summer I went out one morning with the video camera and I found three of them in a small secluded beach, very good for finding things. Why do I find them beautiful? Because, in this case, beauty is bestowed by nature and time and, also, because when I observe them they make me think of things that are interesting with an aesthetic value of their own, like a written text. These three derelict lighters are the only ones that I documented in video at the very moment of being found, and this is what makes them, instead of many others that I have accumulated over the years, the subject of this exhibit at the Davis Museum of Contemporary Art in Barcelona.

The title is not neutral, obviously, it is an old English expression used to refer to old lovers. I don’t think that it is necessary, in his case, to elaborate in the potential metaphorical ramifications to be found in any conceivable conjunction of words and objects. If I were to metaphorically elaborate on the subject, however, I would not be able to avoid seeing myself reflected on the cold blade of time, that blade which penetrates slowly, so slowly that when you realize what is happening, you are already dead.


Francesc Torres (Barcelona, 1948) empieza su carrera estudiando grafismo en la Escuela de Massana de Barcelona. En 1967 decide irse a París, donde residirá hasta 1969. Durante su estancia en la capital gala trabaja como asistente de reconocidos artistas como Piotr Kowalski con quien, según palabras del artista, “aprende a pensar”. Tras este período se traslada a Estados Unidos (1972) para residir primero en Chicago -allí participará, entre otras exposiciones, en una colectiva en el Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad y celebrará su primera individual- y, más adelante (1974), en Nueva York, donde ha fijado su residencia. Y a finales de los ochenta trabaja en Berlín a lo largo de dos años. Este factor, determinante para la construcción de su discurso, explica que su obra haya sido muy poco difundida en nuestro país, a pesar de su continua participación en la vida cultural como ensayista y articulista en periódicos y revistas. Pionero del lenguaje de la instalación, Francesc reflexiona críticamente sobre las diversas manifestaciones de la cultura, la política, la memoria y el poder a través de sus instalaciones multimedia, que le conceden un lugar singular en el arte de las últimas décadas.  El trabajo de Torres es esencial para revelar una suerte de continuidad de las prácticas de vanguardia en los años ochenta y noventa, aspecto que a menudo han cuestionado los medios, las instituciones y el mercado. Si en los años sesenta, las prácticas de vanguardia formularon los primeros ejemplos de crítica institucional y en los ochenta los artistas optaron por realizar obras para el museo como medio de escapar a las presiones y los condicionamientos del mercado, su trabajo, en cambio, se ha situado a caballo de esas dos posiciones. Por un lado, Torres ha utilizado el espacio de las instituciones culturales como apoyo y medio para vehicular el análisis sobre los vínculos entre ideología, poder y sumisión. Por otro, su trabajo explicita una declaración sobre la posición del artista frente a la sociedad: la relación entre individuo y colectividad, el papel del discurso político respecto a la acción social y el conjunto de creencias recibidas que conforman un pensamiento colectivo determinado. Para ello, Torres recupera las técnicas más efectivas inventadas a principios de siglo xx y perfeccionadas por los artistas de vanguardia, como John Heartfield y Josep Renau, o más allá, por Francisco de Goya y Honoré Daumier. El artista no solo representa la realidad que lo rodea, sino que se propone cambiarla.

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