BOYER TRESACO Propiedad del Poder

Home / BOYER TRESACO Propiedad del Poder

> BOYER TRESACO (esp)

Propiedad del poder
Vídeo-instalación
2018

El plagio es propiedad del poder, el plagio está en los museos, en las instituciones; el plagio es propiedad de los mayores galeristas y coleccionistas…El plagio está introducido en toda la estructura económica del mundo del arte, y es por esto que hablar de ello es tabú para la inmensa mayoría de los teóricos y prácticos del arte… Manifestarse de modo explícito contra él, y peor todavía contra un caso en concreto, es poner en riesgo el prestigio profesional, adquirido dentro de esa estructura social, cultural y económica, y consecuentemente poner en riesgo el propio medio de vida…

En el plagio, además de una apropiación indebida, existe una destrucción de la obra original en cuanto a deconstrucción se refiere, porque si la persona que lo practica es más famosa que el plagiado, o aunque no lo sea -acorta el camino- consiguiendo llegar a las instituciones o grandes colecciones antes que el autor original, lo que es más frecuente de lo que se cree (solo es cuestión de márketing), nada podrá hacer el perjudicado, por cuanto el poder no lo aceptará, ya que desacredita la obra de su propiedad y sobre todo la desprecia y la deprecia…

Nadie de este modo aceptará el plagio: ni el poder económico ni los que le rondan… Es decir lo que se habrá producido en realidad es una destrucción de la obra original, que quedará arrinconada para siempre.

Por este motivo “interesa” mantener un concepto muy abierto, muy elástico, poco definido y sobre todo poco determinante de lo que se considera o no plagio; de no ser así muchas colecciones tendrían que desechar obras por las que han desembolsado una gran cantidad de dinero, muy posiblemente asesorados por “expertos” o “teóricos” del arte, a los que por supuesto seguirán abonando sus minutas.

Lo dicho anteriormente se manifiesta hasta tal punto que todo aquel artista que tenga la osadía de reclamar plagio sobre alguna de sus obras, es vituperado por el colectivo artístico, como, entre otros casos, pudimos comprobar recientemente cuando el fotógrafo  BAURET demandó a Jeff Koons y al Centro Pompidou por una copia descarada de una fotografía suya, que Koons exponía en dicho centro en forma de escultura.

A ver quien le explica al que, asesorado por un carísimo teórico, pagó 8 millones de dólares por una escultura, que tiene que destruirla porque al fin, y en contra del colectivo de instituciones, museos y coleccionistas, una de las numerosas demandas presentadas contra él, la declaró plagio. No hay que preocuparse, también aquí ganó la presión del “mundo del arte”: se indemnizó con 20.000 euros al damnificado, mientras el plagiador vendía la escultura en 8 millones!.

Suele el colectivo artístico usar la manoseada sentencia “no se le puede poner puertas al campo” y de manera recurrente utilizan “el apropiacionismo” y los límites del mismo como concepto base de todo su argumento que siempre concluye afirmando: “Este es un tema muy delicado…” Pero en el fondo todos sabemos que en el apropiacionismo existe un reconocimiento explícito o implícito de la obra del autor apropiado; justo al contrario que en el plagio, donde lo que subyace es una verdadera ocultación, en ocasiones mediante descarados subterfugios, de la apropiación indebida.

Hace ya algunos años pude ver en una galería de arte de Nueva York un video de un artista en el que grababa su propio suicidio; el artista asumía con su muerte las consecuencias de su obra. ¿Porqué un plagiador nunca asume las consecuencias de su delito?…Entre otros motivos porque la corte de coleccionistas, museos y teóricos del arte que lo han aupado, son los primeros perjudicados en su patrimonio o en su prestigio, posiblemente llevados por el desconocimiento absoluto de los hechos. Dicho desconocimiento les concede un cierto halo de inocencia…pero su posterior silencio, o su rechazo al que reclama sus legítimos derechos, los delata.

El plagio en realidad no es un hecho aislado, sino que se extiende como si de una epidemia se tratara; y esto tiene su explicación en la misma naturaleza de la copia: se copia algo que es interesante en sí mismo, precisamente por eso se copia. Como consecuencia de ello, y muy especialmente si el plagiador es un artista de “reconocido prestigio”, otro artista plagia al plagiador y así sucesivamente en forma piramidal, llegando a destruir la obra original por “aburrimiento en el concepto”, déjà vu. Si en ese momento el autor original reclama plagio es vilipendiado por toda una estructura “gran-pirámide”, y por los teóricos, instituciones y colecciones que en su momento dieron amparo a semejante sucesión de bulos.

Existen igualmente aquellos que podríamos denominar “artistas-plagio”, paradigmas del mismo, que no se limitaron a copiar una o varias veces de diferentes fuentes bajo el sutil velo de “la inspiración”, sino que lo hicieron solo una vez, la primera, y tras darle un conveniente maquillaje se dedicaron a plagiar esa primera apropiación indebida sin límite en el tiempo, copiándose a sí mismo, plagiando al plagiador el resto de sus vidas. En ocasiones, por poner un ejemplo, en escultura, el camino es muy fácil, se consigue con tan solo cambiar de postura, o añadir un objeto mucha veces hurtado a otros artistas, al previo ya plagiado.

Asumo que puede ser francamente difícil, tras haber conseguido colocar estas obras previamente envueltas en páginas y páginas de loables críticas, asumir tan cruda realidad: La obra es una farsa, los coleccionistas poseen una inversión que nada vale, los teóricos nada querrán saber de su tremendo error, y el artista no merece ese nombre.

Cierto es, me comentaba un crítico de arte querido y admirado, que todos conocemos artistas que se han repetido hasta la saciedad; pero a nadie plagiaron en origen, y es una voluntad de los mercados y del mundo del arte en general ,apreciarlos o no en base a este concepto, pues a nadie engañaron.

El arte contemporáneo es un huerto abonado para el plagio; con la introducción de los conceptos “interdisciplinar” y “multimedia” que en sí mismo son positivos y que sin duda abren puertas a la creatividad, se da entrada también a -mil maneras de copiar-, pudiendo extraer lo sustancial de una performance por ejemplo, de tan solo una imagen robada (no digamos cuando se roban muchas imágenes de la misma), no teniendo el plagiador más que maquillarla un poco para ocultar el cuerpo del delito. Como el ladrón de joyas que las oculta y vende añadiéndoles un diferente engarce .

Y entramos en los más que sobados “límites del arte”: Los artistas, por mucho que algunos cursis grandilocuentes se autodenominen “creadores”, no estamos por encima de la ley. El hecho de ser artista te permite, por poner un ejemplo dentro del contexto de una performance, robarle la cartera a un viandante y tirarla al río; pero tienes que asumir las consecuencias del robo, ser artista no te exonera del mismo. Y con mayor motivo, si cabe, no quedas exonerado si la cartera se la robas a otro artista

Creo acertar si digo que este texto no hace demasiados amigos, pues es alarmante comprobar hasta qué punto se extienden los tentáculos de lo políticamente correcto en el mundo del arte… Muy al contrario de lo que dicen pretender, esos tentáculos estrangulan al arte.

Imhof, una reconocida creadora alemana, fue premiada el pasado 13 de mayo con el León de Oro en una de las principales citas del circuito internacional del arte contemporáneo, por un trabajo titulado ‘Faust’, en el que decía tratar sobre el capitalismo, la sexualidad y la represión, y que, según añadió, estaba inspirado en la tragedia ‘Fausto’ de Goethe. El jurado de la Bienal, que estuvo presidido por el español Manuel Borja-Villel, elogió esa obra por su «poderosa e inquietante instalación, que suscita muchos interrogantes sobre nuestro tiempo». En ella, aparecían personajes vestidos de negro retorciéndose bajo jaulas de vidrio, mientras los visitantes caminaban sobre ellas en plataformas transparentes.

Descripción