10 AÑOS

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10 años de PROYECTOR

Es posible que en ocasiones se plantee el por qué de la creación de un festival de videoarte como PROYECTOR. Qué es, cuál es su función, qué sentido tiene seguir o qué sentido tuvo iniciar esta labor.

En sus inicios el festival acontecía en un lugar (hoy desaparecido) de pequeñas dimensiones y su alcance era menor al que tiene hoy en día pero apareció golpeando con fuerza en un Madrid distinto, en una España que ha cambiado progresivamente.

La intención era, y sigue siendo, dar a conocer una disciplina artística que existe desde los años sesenta del siglo XX y, a pesar de todo, continúa siendo desconocida para el gran público. Si nos remontamos a la segunda mitad de la década pasada, el panorama era bastante desolador, el videoarte no era más que una pequeña novedad en las principales ferias, pocos años después de que el MNCARS adquiriera su colección. Por norma general, las colecciones no consideraban la inclusión de este tipo de obras, los centros no contaban con el videoarte en sus programas de exposiciones; por no hablar de los escasos apoyos económicos para los compradores que eran, menores aún, para los creadores.

Ante esta situación quizás sea más sencillo comprender la necesidad de la creación de un festival como PROYECTOR, un espacio en el que se facilita al público la visión del videoarte, donde se generan debates y conversaciones en torno al mismo, compartiendo, generando conocimiento y, por último pero no menos importante, apoyando a los creadores.

Es significativo que fuéramos dos artistas, Maite Camacho y Mario Gutiérrez Cru, quienes sin haberlo premeditado y, por tanto, de forma natural decidiéramos compaginar nuestra labor artística con la del comisariado y con la de la dirección de festivales. Por un tiempo limitado: una semana de duración y, en una sede modesta, el centro de arte experimental Espacio Menosuno (2005-12). Aun así la programación era intensa, el videoarte compartía cartel con obras de arte sonoro e instalaciones. El carácter expositivo se ampliaba con el educativo, el creativo y el recreativo: talleres, charlas, residencias artísticas y conciertos. Cada día se presentaban obras, secciones comisariadas: una propuesta donde las videoinstalaciones convivían con los comisariados y con las selecciones nacionales e internacionales.

Siempre con ese espíritu de ampliar la exposición del videoarte, entendiendo éste desde una mirada muy abierta, más centrada en las primeras manifestaciones donde el “tubo catódico” era tanto o más valioso que lo que se mostraba en él. Es decir, nos interesaba la escultura expandida, la videoinstalación, la relación con el espectador, con el espacio que lo acogía, la experimentación con el medio, con el formato, cuestionar la propia creación y la labor del artista como creador.

Año tras año, PROYECTOR fue creciendo. Maite Camacho dejó el proyecto y continué en solitario el festival desde su tercera edición y durante dos años expandiéndolo a espacios similares: galerías y centros de arte independientes que reconocían el valor del videoarte y creían en la necesidad de darle espacio, valor. Casi una docena de días y de sedes donde se incluyó la parte teórica, los talleres, los encuentros… Todo, como siempre, con carácter gratuito, idea insignia del Festival: el arte debe ser gratuito y para todos.

Sin abandonar el mismo espíritu, en 2012 entró en el equipo Paloma G. Valdívia con quien se dio otro gran empujón, duplicándose las sedes a una docena de centros de arte de la capital, comisariados internacionales de también una docena de festivales, de uno y otro lado del charco. La convocatoria quiso convertir al Festival en un lugar de acogida desde el principio. Un jurado formado por los directores de PROYECTOR y directores de otros festivales, profesores, profesionales, así como con la “mirada del público”, es decir, en el jurado siempre había un ciudadano sin conocimiento previo del medio.

En el 2013, contábamos ya con varios centenares de propuestas de las que seleccionábamos a no más de 25 artistas que mostraban sus obras en las distintas sedes, adecuando su trabajo a cada lugar, por eso la idea de la deslocalización, es decir, queríamos llegar a todo tipo de públicos, en todo tipo de barrios. No nos interesaba únicamente esa pequeña minoría que normalmente acude a los museos y a las galerías, queríamos llegar al ciudadano de a pie, por lo que las sedes estaban tanto en el centro de Madrid como en los extrarradios. Podían ser centros de arte multitudinarios como galerías en calles muy transitadas o espacios independientes, ateliers de artistas, cines de verano, escaparates. Las proyecciones se hacían en el espacio público: plazas, mercados, bares o lugares donde el transeúnte se pudiera topar, sin querer invadirle, con grandes obras audiovisuales.

En el 2014 se hizo otro replanteamiento del Festival con un nuevo tándem formado por Clara Leitão y por mí mismo, seguimos juntos con la coordinación. El 2015 María Jáñez pasó a formar parte del equipo que se siguió ampliando en el año 2016 con Mit Borrás, Queralt Lencinas y Eva Ruíz; en el 2017 se sumó Esther Perruca, de modo que PROYECTOR se convirtió en lo que es hoy: una plataforma de profesionales que trabajamos durante todo el año para que la programación de comisariados internacionales y la plataforma online sean posibles. El número de colaboradores y profesionales implicados, contratados, se multiplica por cinco cuando se celebra el Festival.

Durante cerca de ocho años el festival se celebró prácticamente sin dinero, es decir, gracias a los artistas que cedían sus obras, a los espacios que se ofrecían gratuitamente. Nunca pedimos ayudas, pues nos interesaba la independencia, además, nos encontrábamos en una etapa donde el dinero destinado a la cultura despareció durante media docena de años. Desde la pasada edición, PROYECTOR cuenta con pequeñas ayudas económicas institucionales, lo que nos permite pagar a todos los artistas que participan, a los ponentes de las mesas redondas y de los encuentros profesionales, al personal de comunicación, la gestoría, los pasajes, las estancias, las dietas, las producciones… y un largo etcétera.

Un gran salto, veremos dónde nos conduce con el tiempo, pues tras la alegría de dar, siempre está la tristeza de pedir y, sobre todo, de justificar los gastos.

Con el mismo espíritu compartido con el resto del equipo desde el primer día, pero ahora con una mirada en perspectiva, tengo la suerte de poder ver el fruto del trabajo de 10 años: de las colaboraciones, de los encuentros y desencuentros, de las muestras acertadas y otras que, lamentablemente por unas u otras circunstancias, no lo fueron tanto. Seguimos intentando dar visibilidad, apoyo y acoger con cariño a los creadores, coleccionistas, comisarios, historiadores, profesores, profesionales… y, sobre todo, a los visitantes, tanto a los asiduos como a los nuevos amantes del videoarte.

Con la esperanza de que el público y los participantes puedan disfrutar de este aniversario, os presento este pequeño resumen, un homenaje a los artistas que estuvieron presentes, a los que lo estarán con nuevas piezas, con nuevas propuestas, nuevas ideas…

Gracias a todos por dejarme cumplir un sueño. Gracias, de corazón.

Mario Gutiérrez Cru